Lía Jelín dirige una obra de Ionesco en el Palacio Libertad: “Siempre fui muy desprejuiciada”
“¿Si tengo algún secreto para la vitalidad? Muchos años de psicoanálisis. Me ayudó a ser directora de teatro, a saber lo que le pasa al otro, a entender lo que necesita el actor”. A sus 91 años, la directora Lía Jelín derrocha energía y buen humor en medio de los ensayos de La cantante calva, la icónica pieza de Eugène Ionesco que presentará en funciones el viernes 12, sábado 13 y domingo 14 de junio en la Sala Argentina.
Jelín, una figura única de la escena teatral, transformó el circuito comercial con hitos como Confesiones de mujeres de 30, Monólogos de la vagina, Aryentains y Toc Toc, una de las obras más vistas en la historia del teatro en Argentina. Con un estilo que fusiona ritmo y humor, dirigió a grandes capocómicos como Tato Bores, dejando una huella tanto en el teatro independiente como en el comercial. Hoy, su nombre es sinónimo de vigencia y maestría.
Para este nuevo desafío, dirige un elenco integrado por los actores Gustavo Bonfigli, Eliana Migliarini, Matías Strafe, Claribel Medina, Maricha Vázquez y Jorge Noya. Juntos darán vida a la obra fundacional del teatro del absurdo de 1950 en la que, mediante diálogos carentes de lógica y personajes autómatas, expone una crítica a la hipocresía de la sociedad burguesa.

Jelín detalla que La cantante calva es una obra que aborda la incomunicación. “Uno habla, el otro no entiende. Es lo que pasa ahora con los celulares, con la gente que no escucha: está encerrada en un mundo digital aparentemente superior, pero que anula la relación personal que tiene con los demás. Yo no estoy en contra de la tecnología, pero sí de que eso impida la comunicación en profundidad. El filósofo René Descartes se equivocó. Él decía: ‘pienso, luego existo’. En realidad, la frase debería ser: ‘siento, luego existo’. Sin emociones, el mundo es un poco árido”.
¿Con qué se va a encontrar el espectador que vea la obra?
La cantante calva es el templo del absurdo, del grotesco, de la comedia. Si logramos decir algo sobre esos géneros, estaré feliz. Espero que a la gente le llegue al corazón, porque el público va al teatro porque es un espectáculo. La misión más difícil y divertida del teatro es generar risas.
¿Qué rol juega el teatro en esta era de pantallas digitales?
El teatro es una realidad paralela que se vive al lado nuestro. Entramos a la sala y pasa otra cosa. Es un momento de realidad no virtual, cara a cara. La pantalla es plana, puede ser curva también, pero no genera el contacto carnal que hay en un teatro, donde ves a un señor vivo con sangre, sudor y lágrimas que está en el escenario.
¿Y cómo fue el trabajo con el elenco de la obra?
Siempre es apasionante la preparación con los actores. Tengo 91 años y 80 puestas en escena. Siempre fui muy desprejuiciada. Me gustan la comedia, el drama, la dramaturgia de Armando Discépolo, el teatro con lentejuelas. Disfruto todo, y el ida y vuelta con los actores es parte del disfrute.
¿Qué le quedó pendiente como directora?
Me encantaría hacer la obra Una hora de tranquilidad, de Florian Zeller, que sigue a un coleccionista de jazz que logra conseguir un álbum raro. Su único deseo es llegar a su casa y disfrutar de una hora de tranquilidad para escucharlo. Pero todo conspira en su contra. Todo lo que le pasa es increíble.
El público la identifica como directora de teatro, pero usted se inició como bailarina. ¿Cómo recuerda los comienzos?
Claro. Antes de la actuación yo estudié danza con Martha Graham en Israel. Cuando volví al país, me encontré con que en la avenida Corrientes había un conjunto de danza por cada teatro. Por eso me quedé en Argentina. Había un boom por la danza, no se podía creer.

¿Pero de dónde viene la pasión por la danza?
Yo soy del barrio de Chacarita, y mi mamá me llevaba en la década de 1950 al viejo anfiteatro de Parque Centenario: ahí vi óperas, ballets, conciertos. Eso me disparó la pasión. Así empecé. Después de estudiar en Israel dos años, dije: esto no me alcanza. Seguí estudiando danza en Argentina y empecé a trabajar como integrante del Grupo de Solistas de Dore Hoyer en el Teatro Argentino de La Plata con Oscar Araiz e Iris Scaccheri.
¿La formación en la danza le sirvió para el teatro?
Sí, todo el tiempo. La obra Toc Toc está hecha con un concepto de espacios que aprendí en la danza. Porque una cosa es la obra que se ve, pero después hay otra obra, que es la puesta en escena, que nos habla de elementos no verbales. El cuerpo está hablando a través de la gestualidad: depende del tiempo con que haga los movimientos, tendrá otro significado.
¿Por qué Toc Toc ha sido un fenómeno teatral? ¿Cómo lo explica?
Muchas veces pasa que los directores leen la obra y no ven lo que hay atrás. Cuando leí el guion, vi que podía relacionarse con A puerta cerrada, de Sartre, o con Esperando a Godot, de Beckett. En ese momento no se hablaba del Trastorno Obsesivo Compulsivo, era un tema completamente nuevo, todos me decían que la obra era una pérdida de tiempo, la tuve que presentar en México primero. De hecho, no la monté desde el humor, sino desde la angustia. Igual el público se sigue riendo a carcajadas.
Hoy Toc Toc lleva 15 años en cartel. ¿Fue la obra que más satisfacciones le dio?
No.
¿Cuál fue?
Hubo muchas. Pero si tengo que elegir alguna obra, mencionaría a Confesiones de mujeres de 30. Y también adoré dirigir a Tato Bores en Hello Tato y Pobre Tato. Aprendí mucho de él.

¿Cuántos años trabajó con Tato Bores?
Varios años. Cuando a Tato lo echaron de la televisión con la dictadura de 1976, le preguntó a Jorge Schussheim, que era mi marido, cómo seguía su carrera. Y Jorge le respondió: “¡Volvé a la revista teatral!”. Se ofreció para escribirle los guiones y me propuso a mí para la dirección.
¿Cómo era Tato?
Era una persona maravillosa, súper talentosa y divina, pero muy malhumorado también. Me acuerdo que cuando venía, algunos del elenco decían: “Ahí viene el loco”. Era un genio que tenía su carácter. Trabajé con él en la revista, y después me llevó a la televisión.
Como directora, también dirigió Monólogos de la vagina, otro gran éxito.
Sí, pero no duró tanto. Solo estuvo dos años y medio en cartel y fue un gran boom. Todos los meses cambiaban las actrices. Cada función era a sala llena, y además hacíamos giras.
¿Ha rechazado proyectos?
Sí, pero yo siempre creí que tiene que haber todo tipo de teatro. Desde Más pinas que las gallutas hasta Shakespeare. Todo vale, si está bien hecho. Siempre amé el género de la revista. Cada vez que podía, iba a ver a las hermanas Norma y Mimí Pons, me tiraba al suelo de la risa. Y te digo más: yo hice también revista. Bailé en cabarutes, buenos y malos (se ríe).
Siempre es sano reírse de uno mismo…
Claro. En mi caso, todos se ríen de que soy maleducada. Cuando me dieron el premio por la trayectoria del Fondo Nacional de las Artes, escribí unas líneas que leyó el productor Carlos Rottemberg. Entre otras cosas, puse: “¿Me darán el premio por todo lo que hice o porque bailé en bolas en el Tabarís?”.
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